martes, 17 de mayo de 2011

Catalina y Yo


Era una tarde de sol y caminábamos por la ciudad. Estábamos en otoño, y las calles estaban llenas de hojas teñidas de marrón y amarillo… Nos encantaba pisarlas y escuchar el ruido que hacían cuando nuestros pies pasaban por encima de ellas. No hacia frío, pero había un poco de viento, por lo que yo llevaba puesto un gorro marrón de lana y una bufanda de hilo en varios tonos de azul. Catalina se había puesto sus guantes blancos y su gorro gris, también de lana. Me encantaba como le quedaba, porque iba muy bien con su cara y con el resto de su ropa. Sabia combinar los colores, las tramas… Yo, en cambio, no le daba mucha importancia a eso, (aun hoy sigo sin hacerlo). Caminábamos, charlábamos de muchos temas diferentes, nos reíamos de cosas que solo a nosotros nos causaban gracia, porque nos entendíamos mejor que nadie. No hacía falta más que una mirada para darnos cuenta de lo que sentía el otro, o de lo que estaba pensando. Nos conocíamos, y eso era maravilloso.
Caminábamos y por momentos, un abrumador silencio invadía el aire, pero eso no era sinónimo de aburrimiento porque, sabes, cuando uno está con alguien que quiere, el silencio también expresa cosas. A veces un silencio dice más que cualquier cantidad de palabras. Y esos silencios con ella eran diferentes, No eran silencios incómodos, sino más bien,  armoniosos; porque no siempre había necesidad de hablar. Sin dudas disfrutábamos (y mucho) de los silencios, siempre y cuando los compartiéramos juntos. Y así como disfrutábamos de pisar las hojas secas en la vereda; y disfrutábamos de esos silencios; y de los abrazos largos y repentinos;  y de ver el atardecer en alguna plaza, o tomar una taza de chocolate caliente en tardes de otoño, como aquella; también disfrutábamos de estar solos. De tener cada uno su lugar y su espacio, para no sobrecargar esa amistad tan hermosa que nos unía y nos hacía tan felices. Disfrutábamos de pasar días sin vernos para que, cuando llegue el tan esperado encuentro, la emoción sea más grande y, además, porque era lindo extrañarnos un poco.
 Si, disfrutábamos de esos momentos con nosotros mismos, sin nadie más. Pero por motivos que todavía no logro entender, esos días de no vernos pasaron a ser cada vez más frecuentes. Quizás fueron las obligaciones de cada uno, o la perdida de interés. Quizás era otro ciclo que se cerraba, o quizás simplemente no había motivo. Pero los días pasaban y cada vez nos veíamos con menos frecuencia. Me pregunté una y mil veces por qué, pero no encontré una respuesta que me hiciera sentir bien, así que terminé por aceptarlo. Aun hoy, a escribir esto, vienen a mi mente los recuerdos de aquellas tardes de otoño, de los incontables atardeceres que disfrutamos juntos, de esos abrazos que me llenaban el alma. Pero al recordar todo esto, no siento tristeza. Por el contrario, una sonrisa se me dibuja en la cara sin que pueda (ni quiera) evitarlo, porque fueron hermosos esos momentos que pasamos juntos; y yo no sé si algún día volveremos a encontrarnos, pero esos recuerdos estarán en mi por siempre…

Peter//

3 comentarios:

  1. Lindísima historia... diferente en varios sentidos, pero parecida a tantas... me gusta lo que expresas, con una narrativa libre y sencilla que parece salir más del corazón que de la mente.
    Abrazos!

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  2. Peter, la leí varias veces... en el doc que me pasaste y acá. Es muy pero muy linda! Además cada sentimiento me llegó y la forma en la que los transmitís es como dijo Hada, totalmente salida del corazón. 10 puntos! :D jaja

    P.D.: me encantó la constante presencia del otoño y esos detalles como la vestimenta. :)

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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