martes, 9 de junio de 2015

Ojalá lo leyeras





















En mis veintitrés años de existencia, puedo decir que hubo solo dos personas de las que estuve enamorado -y no suelo hablar de esto, pero hoy sentí hacerlo, que va-. 
Con una de ellas compartí lo que fue mi primer relación de pareja propiamente dicha. En ese año juntos, descubrimos muchísimas cosas, compartimos otras tantas y terminamos entendiendo que eramos diferentes, y que eso, lejos de complementarnos, nos llevó a seguir cada uno su camino. 

Con la otra persona compartí montones de momentos, pero desde otro lugar. Es más grande que yo por algunos años, por lo que nunca me animé a darle el más mínimo indicio de nada. Nos conocimos en el instituto cuando yo tenía 18 y ella 25, si no recuerdo mal. Casualmente yo estaba de novio con la primer persona de la que hablaba, cuando ella comenzó a trabajar ahí. Recuerdo que hablábamos de mil cosas, y que cuando yo tenía algún problema con quien por entonces era mi novia, sabía que podía hablar con ella y que iba a encontrar una respuesta, o por lo menos a alguien que en ese momento me escuchara. 

Pasó el tiempo; cinco años ya de aquellos días en que conocí a alguien que terminó por convertirse en esa especie de sueño inalcanzable que todos alguna vez tuvimos.

Ante todo, no quiero que se me malinterprete: nunca pasó nada entre la segunda persona de la que hablo y yo, ni antes ni después de terminar la relación con mi novia. Nunca engañé a nadie ni lo haría tampoco, me parece algo innecesario.

Este verano que pasó, mientras tomaba un café con unos amigos, 
de casualidad me encontré con ella, con aquella mujer que al mirarla, literalmente se me revolvía el estómago, me ponía nervioso como un nene, y a veces hasta me temblaba la voz. Me encontré con ella y no pude evitar una vez mas mirarla a los ojos, como quien busca en un esforzado intento, transmitirle al otro lo que siente, sin decirlo, solo con la mirada. Esos ojos que desde hace ya tiempo se quedaron con una parte de mi. No pude evitar abrazarla. No quería evitarlo. No podía creer que después de un año de no vernos, desde que dejé el instituto, estábamos ahí, uno en frente del otro, hablando de nuestras vidas. 
Entre tantas palabras, me dijo que fuera a visitarlos al instituto. -No creo que sea lo mejor- respondí, y es que forma parte de mi pasado, y no quiero volver atrás, -pero quiero verte a vos- agregué luego; y casi sin pensarlo, traicionado por un inconsciente que no daba más de ansias, se me escapó y se lo dije: -dame tu dirección-. Me quedé helado. ¿Era realmente consciente de lo que acababa de decir? fue un microsegundo donde no supe en absoluto qué acababa de pasar, ni qué iba a venir después. -dale!- me respondió ella, y una vez más sus ojos encontraron los míos, y esa sonrisa tímida, hermosa, se dibujó en ese rostro que nunca me canso de mirar. En seguida, dándose cuenta de lo que estaba pasando, se arrepintió: -me van a matar en el instituto si se enteran, yo me muero de ganas!, pero me van a matar- No podía creer lo que oía. estaba echándose hacia atrás! De un segundo a otro entendí que todo lo que yo sentía no era solo mío, ella también sentía lo mismo, y aún así no se animaba a regalarnos a ambos esa inmensa felicidad compartir tiempo juntos, después de tanto tiempo...

Nos despedimos, no sin antes abrazarnos una vez más. Otra vez mis manos acariciaban esa espalda, otra vez ese perfume me invadía, otra vez los nervios, el estómago revuelto. No quería soltarla pero lo hice. Nos despedimos y no volvimos a vernos; de hecho, no se si alguna vez nos encontraremos de nuevo, pero me bastó aquel día para saber que eso que yo sentía, ese amor, no era solo mío, era de los dos.

Peter//

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