domingo, 25 de octubre de 2015

1996



Una vez más nos encontrábamos rodando una nueva aventura. Conducía la camioneta por una ruta inmensa y solitaria mientras compartía un café con los mejores amigos que pude tener en esta vida. A ambos lados de aquel camino se extendía una inmensidad de llanura salpicada de árboles, íbamos rumbo a San Francisco, algo que habíamos soñado desde hacía mucho tiempo. 
A decir verdad, creo que no hay sensación más hermosa que esa que nos inunda cuando somos conscientes de que estamos haciendo realidad un sueño; eso que sentimos cuando realmente nos damos cuenta de que aquello que parecía tan lejano, hoy es algo concreto, algo real.

Miraba sus rostros sonrientes, y no podía evitar sonreír yo también, y sentirme lleno de felicidad. Una felicidad que sin dudas no podía ser expresada con palabras.
Poco a poco otro día iba llegando a su fin, las nubes a lo lejos dejaban su blanco tan cotidiano para teñirse ahora de infinitos anaranjados y rosados únicos, irrepetibles, solo existentes en aquel instante que se hizo infinito en nuestros ojos. Algunos pájaros volaban cerca de nosotros, casi que nos regalaban su canto como música de fondo. Sonaban algunas guitarras, un banjo, unas suaves notas de piano; indudablemente una vez más las viejas melodías de folk eran nuestras compañeras de viaje. 
En ese momento no pude más que cerrar por un segundo los ojos, respirar hondo y dar gracias por ser tan afortunado.

Peter-

1 comentario:

  1. Ay... se me hizo un nudo en el estómago. Qué ternura. Hay amores que parecen eternos.
    Me ha encantado. Me quedo :)
    Un besito.

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