viernes, 18 de marzo de 2016

Port Blue



Caminaba por una calle volviendo a casa, mientras un gélido aire propio de lugares tan lejanos como aquel chocaba contra mis mejillas como una ola gigante y glacial. En mis oídos sonaban melodías de otro universo, que casi como por arte de magia combinaban perfectamente con aquella atmósfera. Levanté la mirada y pude ver un cielo azul profundo que se extendía infinitamente sobre mi, sobre aquella calle, sobre toda la ciudad cubierta de hojas marrones y amarillas. Y mientras me perdía contando las nubes que decoraban aquel cielo y admirando sus formas irregulares, el aire fresco no dejaba de inundarme los sentidos y yo me preguntaba a cuántos kilómetros estarían esas nubes flotando por encima del suelo. Claro que no había respuesta posible, aunque en seguida imaginé lo increíble que sería averiguarlo. Por un instante simplemente me limité a cerrar los ojos, mientras aquellas melodías celestiales no dejaban de llevarme cada vez más lejos, y deseé con todas mis fuerzas poder despegar mis pies del asfalto y salir disparado hacia esa masa de algodón que deambulaba presa de la fría brisa rumbo a ningún lugar. 

Fue increíble, durante un segundo creí que mis pies flotaban, sonreí; pero al instante abrí los ojos y volví a estar ahí, parado sobre mis zapatillas en medio de una vereda de baldosas grises. Entonces volví a sonreír y entendí que a veces, lo que normalmente no es posible, es posible si uno cierra los ojos y se deja llevar.

Peter -

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