domingo, 31 de diciembre de 2017

From The Head To The Heart



Antes y después de Cristo no es solo la manera de dividir en dos la historia de la humanidad; eso es algo que terminé de entender y pude experimentar este año que termina. Antes y después de Cristo también es un antes y un después en la vida de cada uno de nosotros. Y es que si alguien me preguntara hoy cuál fue el momento más trascendente en mis veintiseis años de vida, mi respuesta sería sin dudas, este año. 

Al pensar en todo lo que viví desde que comenzó hasta hoy, no puedo más que agradecerle a Dios por todas aquellas cosas que transformó en mi corazón. Cosas que me impedían enormemente disfrutar de la vida que El me regaló, y que intenté por mis propios medios superar y dejar atrás infinidad de veces, sin ningún resultado.
Recuerdo todas aquellas terribles inseguridades de mí mismo, aquella permanente nostalgia y añoranza por el pasado, por vivencias y personas que ya no estaban y que incluso en el presente no serían beneficiosas para mi, pero que en algún momento me hicieron feliz, y eso justamente era lo que tanto añoraba: esa felicidad, esos recuerdos, esos tiempos en que todo era distinto. Me negaba a aceptar que ya no fuera así, que las personas hubieran cambiado para mal, que todo eso fuera pasado. 

Y vivía así mis días, añorando volver a aquellos tiempos, a esas amistades de años atrás que poco a poco fueron desapareciendo, y dejando un inmenso dolor en mi corazón. A esas relaciones de pareja que terminaron destrozándome por dentro, pero que alguna vez supieron llenarme de felicidad. Esas eran las partes que anhelaba traer al presente, como si mi vida fuera una película y yo pudiera -como un gran editor- quitar las esenas de dolor y angustia y solo conservar aquellas que me hicieron sonreir.

No podía hacerlo, nadie puede. Porque hoy entiendo que la única manera de dejar atrás el pasado es aferrarse a Cristo, a esa muestra infinita de amor puro e incomparable que hizo al dar Su vida en aquella cruz, y con ella, dejar también allí todo ese pasado oscuro que nosotros -humanos y débiles- ya no podemos cargar en las espaldas. 

A comienzos de año tenía, como cualquiera, mil expectativas y planes. Quiero hacer esto, quiero hacer lo otro, pensaba. Sin embargo Dios me dijo, claro y conciso: -este año es para que me lo consagres a Mí-. ¿Qué significaba esto? Yo lo sabía muy bien. Significaba hacer un cambio radical en mi forma de vida. Enfocar todo mi tiempo posible a estar cerca Suyo, a escuchar lo que tuviera que decirme, a dejarme guiar por Su voluntad, que sin dudas siempre es la mejor. Enfocarme en conocerlo más, en dejar mis planes de lado para saber cuáles eran Sus planes para mi vida. En alejarme de personas que hasta entonces consideré amigos, pero con quienes no podía compartir más que una cerveza y unas cuantas charlas vacías. Enfocarme en dejar atrás hábitos que tenía tan arraigados en mí, pero que tan mal me hacían. Y sobre todo, en dejar en Sus manos todo aquel pasado que tanta angustia me causó por tanto tiempo, en vez de seguir intentando olvidarlo en mis propias fuerzas.

Hoy puedo decir que, gracias a Dios, gracias al amor de Cristo por mi, soy otra persona, muy distinta de aquella que escuchaba canciones melancólicas cuando se sentía triste, muy distinta de aquella que se pasaba la vida dando todo por los demás y buscando con un esfuerzo inútil que todo vínculo durara para siempre. Soy el comienzo de esa persona que siempre necesité ser; y lo más hermoso es que se que en este hermoso camino jamás estoy ni estaré solo porque Cristo camina al lado mío, y todo aquello que mi humanidad débil no me permite vencer, El, de una vez y para siempre, lo venció por mi.


Feliz 2018. Que Dios te bendiga.

Peter-

miércoles, 8 de marzo de 2017

Dejar(se) atrás

La vida es un constante aprendizaje, un crecimiento continuo, una seguidilla de vivencias, experiencias y momentos que nos enseñan a ser mejores personas, a acercarnos cada vez más a eso que queremos ser. Este último tiempo, y sobre todo desde que comenzó el año, vengo experimentando una etapa en mi vida completamente diferente a cualquier otra que haya transcurrido antes. Vengo transitando un tiempo en el que cada día me siento más cerca de Dios y más lejos de todo aquello que alguna vez me hizo mal, me lastimó, me hizo sufrir... Quizás suene extraño, sobre todo para aquel que lea esto y no crea en Dios, pero francamente siento una inmensa felicidad por poder transitar este momento en mi vida. Realmente lo necesitaba, y es que había -y aún hay- tantas cosas que necesitaba transformar en mi corazón; y que únicamente Dios puede quitar para siempre de mí. Es hermoso despertar cada mañana y sentir que no soy el mismo que hace unos días, y que de a poco todo eso que siempre formó parte de mi y que me hizo mal, va desapareciendo; es una enorme bendición ver y sentir la importancia de este proceso por el que Él me lleva a pasar, para ser la persona que necesito ser, y afrontar la vida como merece ser afrontada.

Hace unos días el Señor (para quienes no entiendan, me refiero a Dios), me llevó a darme cuenta de que en medio de las innumerables cosas que vivían en mi habitación, había muchísimas de ellas que pertenecían a mi pasado, y sobre todo, cosas que alguna vez me regalaron personas que ya no forman parte de mi vida hace mucho tiempo; y me llevó a preguntarme: ¿cuál es el objetivo de tener todo esto acá? cartas, dibujos, recuerdos de viajes, e incluso unos cuadernos en los que tantas cosas pegaba y escribía hace unos cinco o seis años atrás, a modo de diario de momentos vividos. Todas estas cosas realmente ya no tenían razón de ser en mi casa -y en mi vida-, por lo que Dios me hizo entender que era necesario tirarlas, para avanzar, para crecer, para seguir mi camino y despegarme definitivamente de todo eso que alguna vez fue, pero ya no más.  
A decir verdad yo siempre fui muy -muy- apegado a los recuerdos, tanto tangibles como emocionales, y al principio me costó tirar algunas cosas. Pensaba: "no! pero esto es lindo... esto es tierno, no quiero tirarlo"; y al instante Dios me decía al corazón, siempre con su infinita paciencia: "Si, es lindo, pero ¿de qué te sirve eso en tu presente? ¿hablás con esa persona? ¿tienen una relación de amistad firme?, ¿no? ¿entonces para qué lo guardás?". Y en ese momento entendí que realmente era necesario deshacerme de todo eso, que realmente no significaba nada en mi presente y que no tenía ningún sentido mantener esas cosas en mi futuro. Y cuando empecé a meter todo eso en una -bueno, en varias- cajas, y lo tiré a la basura, me sentí tan feliz, tan lleno de paz, que realmente lo único que pude decir fue gracias. Agradecerle a Dios porque realmente si era por mi naturaleza humana y mi forma de ser, esas cosas podían estar ahí durante otros diez años y nunca iba a tener la iniciativa de sacarlas de mi vida. Pero Él siempre nos lleva mucho más allá de lo que imaginamos, y nos muestra cosas que a simple vista nunca podríamos percibir. Cosas que quizás cuesta hacer, pero que aún así, al hacerlas nos sentimos más felices y libres que si hubiéramos optado por seguir viviendo en el pasado.

Hoy me siento libre, soy consciente de que dejé atrás muchísimas cosas de mi vida, dentro de una caja en un contenedor de basura, y que de ahora en adelante todo ese pasado ya no existe. Y me siento agradecido a Dios por saber que el dejar atrás el pasado significa solo una cosa: que estamos cada vez más cerca del hermoso futuro que Él tiene para nosotros.

Peter -

domingo, 26 de febrero de 2017

Brand new life (in Jesus Christ)



Comenzó un nuevo año, el verano casi llega a su fin, y una vez más caigo en lo mucho que hace que no dispongo de una tarde para sentarme a disfrutar de expresar con palabras algo de todo lo que siento dentro... A veces uno se encuentra con situaciones en la vida que lo transforman por completo, a veces uno llega a entender que quizás lo que siempre había ocupado el primer lugar en la lista de cosas importantes, termina no siendo tan importante como parecía. En este último tiempo, gracias a Dios entendí que a veces es necesario que sucedan cosas en nuestra vida, para que otras, que están ocultas en nuestro interior, puedan salir, y nosotros podamos conocerlas y pedirle a El que las transforme. Ese tipo de cosas que sabemos que nosotros solos no podemos transformar, pero que definitivamente Dios sí puede hacerlo. 
Aprendí que a veces para poder ver con claridad es necesario pasar tiempo desconectado de todo, y para poder conocerse a uno mismo, es fundamental saber apagar por un momento los oídos y la mente y enfocarse en pasar tiempo con Dios, algo que nunca antes había experimentado con tanta intensidad, pero que realmente me llena de mucha paz. 
Y pasar ese tiempo con El me llevó -y me lleva cada día- a entender que la vida es mucho más profunda de lo que parece a simple vista, y que detrás de cada situación hay miles de cosas escondidas, que todo lo que vivimos tiene un por qué, un propósito; y que siempre los caminos de Dios son los mejores para la vida de quienes vivimos para El. Me llevó a tener paz en mi corazón, por ver que para disfrutar de lo que quiero disfrutar, primero hay muchas cosas que deben ser transformadas en mi forma de ser, pero que nunca podré transformarlas si no busco que El las transforme.
Quizás me siento un tanto extraño al abrirme hablando de cosas como estas en un espacio como este, porque es la primera vez que lo hago; pero realmente siento ser una persona distinta, nueva; y cada día siento acercarme más a lo que se que necesito ser, pero más importante aún, a lo que se que Dios espera de mi.
A veces me cuesta perdonarme por mis errores, siempre me costó, pero cuando veo la misericordia de Dios cada día sobre mi, perdonándome por todo lo que hago mal y dándome nuevas oportunidades, me doy cuenta de que nada está perdido, sino que realmente todo lo que viva hoy es necesario para vivir una vida realmente plena. Nadie dijo que sea fácil, pero de algo estoy seguro: imposible definitivamente no es.


Peter -